Los pecados de doña Casilda

Inquieta pensar de qué calibre debieron ser los pecados de doña Casilda Iturrizar y Urquijo para gastar lo que gastó en ganarse el cielo. La bilbaína, que hoy luce escultórica junto al Palacio Euskalduna, se convirtió a finales del siglo XIX en la patrocinadora de toda suerte de obras de caridad y reformas de iglesias. La cuenta de resultados al final de la vida de doña Casilda cifra en varios millones de pesetas su inversión para sobornar a San Pedro. Y le salió barato porque, aunque resulta imposible saber si la doña pasea ahora por el Paraíso eterno, lo cierto es que en su tierra aún conserva la gloria.

Doscientos años después de su nacimiento, a la mecenas bilbaína aún se la retrata como una mujer piadosa y un verdadero ángel, como si la adjetivación femenina no encontrara otros calificativos para descubrir quién fue realmente Casilda de Iturrizar y Urquijo.

Y es que bien mirada, la historia de Casilda se pasa por los bajos de la falda buena parte de los estereotipos de la época. Nació en una familia discreta y acabó convertida en una de las personas más ricas de la sociedad bilbaína, lo que a finales del siglo XIX suponía serlo de toda España. Se casó con un hombre 20 años mayor –eso tampoco era extraño- e infinitamente más adinerado que su familia. No dio el ‘sí quiero’ hasta pasados los 40; no tuvo hijos, nada raro en una pareja de 41 y 61 años, y enviudó catorce años después.

Así que Casilda llegaba a los 55 años después de haber interpretado el papel de solterona, el de cazafortunas y el de esposa infértil. Para un tiempo en el que el ideal femenino era el de la M-A-D-R-E, no parece extraño que tuviera que esperar a asumir su último personaje para conseguir una verdadera relevancia social. Ni la soltería ni el matrimonio le habían permitido ganarse el respeto de la burguesía bilbaína, pero entonces se convirtió en la Viuda de Espalza. Heredó la fortuna de Tomás José Joaquín de Espalza y Zurbarán, uno de los fundadores del Banco de Bilbao y hombre de negocios, e inició su vida como empresaria. En cierta medida su caso no resultaba tan extraño en el ocaso del siglo XIX, cuando las viudas eran las únicas mujeres que podían alcanzar la independencia sin rebelarse contra el sistema. Sin padre ni marido que las tutelase aquellas mujeres ocultaban bajo el luto la victoria ansiada por el feminismo sin haber movido un meñique para conseguirlo.

Si el mito de la viuda alegre ha encontrado su base científica en estudios como los de Caterina Trevisan que demuestran que las mujeres que pierden a sus maridos viven más y mejor, el caso de Casilda de Iturrizar debería convertirse en paradigma de la viudedad. Aunque el monumento que mantiene su memoria en el centro de Bilbao continúe retratándola exclusivamente como un ángel piadoso, Casilda fue una mujer de negocios. En la prensa de la época aparecen referenciadas sus inversiones en el puerto exterior de Bilbao, su participación en la toma de decisión del Banco de Bilbao o su presencia como una de las accionistas mayoritarias del Banco de España. Casilda Iturrizar estaba en “el taco”, aunque indudablemente lo manejara con un sentido de la solidaridad y la responsabilidad social menos tacaño que algunos de sus contemporáneos.

Doña Casilda, que vistió de riguroso luto hasta su muerte con 82 años, pagó obras en las iglesias y dejó en su testamento una herencia millonaria a diferentes órdenes religiosas, pero también invirtió en escuelas para obreros y cigarreras, financió becas de estudio y se ocupó de la cultura creando el actual Teatro Arriaga. Y toda esa obra filantrópica logró cegar a San Pedro y dejar la duda sobre el calibre de los pecados cometidos por la solterona Casilda, la amantísima esposa de don Tomás José Joaquín y la piadosa Viuda de Espalza.

 

*Algunas referencias más

El Correo de España : periódico ilustrado de intereses españoles: Año I Número 16 – 1894 Septiembre 16, p. 21
El Atlántico Año III Número 245 1888 septiembre 6
La Correspondencia de España : diario universal de noticias: Año XLVIII Número 14425 – 1897 agosto 4
La Basílica Teresiana: Tomo III Epoca IV Año 30 Número – 1900 marzo 15

 

 

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