Las destripadas

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Fuente: The Guardian // The Police News

Películas, novelas y alguna serie de televisión. Los relatos construidos alrededor de la figura de “Jack, el destripador” en los últimos 130 años son tantos que intentar enumerarlos requeriría un esfuerzo titánico. Los asesinatos ocurridos en el barrio de Whitechapel de Londres en 1888 son, probablemente, uno de los sucesos más populares de la historia reciente. La razón de esa popularidad resulta sencilla de entender. Al fin y al cabo, lo acontecido tenía el ingrediente fundamental para favorecer la proliferación de historias: le falta el final y eso permite que cada cual cree su propia versión de los sucesos. Que Scotland Yard no fuera capaz de dar con el autor de los asesinatos de mujeres permite el margen suficiente para dar rienda suelta a la imaginación y el “sírvase usted mismo”.

El imaginario colectivo ha convertido al criminal en una suerte de mito a medio camino entre la villanía y la inteligencia. Al fin y al cabo, el asesino fue capaz de burlar a una de las mejores policías de Europa. Esa construcción ha subordinado la crueldad al misterio y ha otorgado todo el protagonismo al asesino, convirtiendo a las víctimas en meras figuras de reparto. Hecho que si sólo afectara a las obras de ficción no supondría mayor problema que el derivado de la repetición permanente de estereotipos.

El conflicto surge cuando esa interpretación de los hechos se extiende desde las historias a la Historia. Cuando la historiografía se fija exclusivamente en los autores de los crímenes y olvida a las víctimas, el discurso se pervierte perdiendo el rigor y diluyendo la comprensión del pasado en favor del mito, de la leyenda.

The Five: The Untold Lives of the Women Killed by Jack the Ripper es el título del último libro de la historiadora Hallie Rubenhold y viene precisamente a separar el grano de la paja en este capítulo de la historia criminal británica, librándolo de la pseudohistoria que ha favorecido la construcción del mito sobre la memoria de sus víctimas. En este trabajo de investigación, presentado en Londres el pasado 28 de febrero, la autora recupera las vidas de las cinco víctimas atribuidas sin duda al mismo asesino: Mary Ann “Polly” Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly. Tras un trabajo de archivo, consulta de diferentes fuentes históricas y revisión de los expedientes policiales, Rubenhold libra a las víctimas de las falsedades que las retrataron como prostitutas culpables en cierta medida de su destino. Un relato construido, a juicio de la historiadora, sin ningún tipo de base histórica y con grandes dosis de misoginia.

Aun cuando resulte complicado enjuiciar una obra como la de Rubenhold sin haberla podido leer, su trayectoria como historiadora social avala su trabajo y permite presuponer la excepcionalidad de esta rehabilitación histórica, que pone en evidencia los prejuicios que presidieron la investigación policial. De hecho, según Rubenhold no existe prueba alguna de que ni Nichols ni Chapman ni Eddowes ejercieran la prostitución y, sin embargo, siempre han sido retratadas como tales. Stride había regentado una cafetería y trataba de ganarse honradamente la vida, mientras Eddowes fue una mujer de clase media algo rebelde y aficionada a la literatura. Fueron, en definitiva, mujeres con su propia historia, aunque el relato oficial las convirtiera en meros accesorios del Destripador.

La propuesta de Rubenhold, innovadora en su enfoque, bien podría servir de ejemplo a la revisión de capítulos similares en la historia criminal española y, concretamente, al protagonizado por Juan Díaz de Garayo, que veinte años antes que el asesino de Whitechapel sembró el terror en los alrededores de Vitoria. Una historia que no alcanzó el grado de mito por cuanto el criminal, apodado como el Sacamantecas, sí fue detenido y condenado, pero que repitió el ninguneo a las víctimas.

Melitona Segura, Águeda Sabando, Antonia Berrostiega, María Campos, Caya Acedo, Dominica de Arveras, Pía Zabala, María de la Pasión Retana, Simona Gamarra, Melchora Rodríguez, María Dolores Cortázar y Manuela Audicana fueron asesinadas brutalmente entre 1870 y 1879. Sus nombres están en la crónica de los hechos que hizo el lucentino Francisco de Asís Pacheco en El Liberal en marzo de 1880. Sólo hay que asomarse a la hemeroteca, aunque sus historias personales se han diluido ante la enormidad de la barbarie.

Violadas y mutiladas cruelmente, sus muertes guardan un paralelismo evidente con el caso londinense por el modus operandi de sus asesinos: ambos tenían fijación en acuchillar y sacar parte de sus órganos vitales a las víctimas. Quizás haya llegado el momento de que corran la misma suerte que las “destripadas” y la Historia recupere su historia.

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