Gerda y las señoras

Gerda Taro en el frente de Córdoba en 1936. Magnun Photos


La ves ahí apoyada contra un muro mirando al cielo (¿los están bombardeando?) y es imposible no ver el aura de heroísmo que desde que nació el fotorreporterismo de guerra rodea a quienes lo ejercen. Es Gerda Taro, el personaje creado por la secretaria alemana Gerda Pohorylle cuando decidió convertirse en reportera gráfica. Porque eso fue lo que hizo, crear un personaje y vivir una vida nueva en lo que para ella, como para quienes soñaron con el comunismo internacional, debía ser un mundo nuevo. Y España, en 1936, tenía para Gerda como para miles de jóvenes socialistas, comunistas y anarquistas europeos, todas las posibilidades de convertirse en una gran victoria contra el fascismo y en un triunfo de la utopía colectiva.

No le dio tiempo. Su cuerpo menudo, de apenas metro y medio y 40 kilos, fue aplastado por un tanque soviético T26. Casi 10 toneladas encima de aquella rubia intrépida en una de las retiradas republicanas que más vidas se llevó por delante. Brunete, la tarde del 24 de julio, el último día de Gerda en el frente antes de regresar a París, donde el Guernica de Picasso se exhibía en la Exposición Universal como denuncia del horror sufrido por la población civil en el campo de ensayo de lo que un par de años después sería la II Guerra Mundial. Porque eso fue la Guerra Civil española, una prueba piloto del horror que estaría por llegar al resto del continente.

Ocurre muchas veces. Es el fuego amigo. Ir “empotrada” en un ejército te convierte en blanco del enemigo, pero también en potencial “daño colateral” de las operaciones militares del bando con el que cubres el conflicto. Gerda creía en la revolución y acompañaba a menudo a las Brigadas Internacionales. La tarde que el tanque estrella del Ejército Rojo -una copia de un modelo británico- le pasó por encima se había subido a un coche que iba en retirada cargado con heridos. Se encaramó como pudo junto a una de las puertas. Entonces apareció el tanque, también en retirada como ella. Era uno de los 150 que habían intervenido en la batalla de Brunete, iniciada a principios de julio. Su conductor había perdido el control. Los primeros tanques soviéticos llegaron con sus propios pilotos, pero el Ejército leal al Gobierno montó su propia escuela en Cartagena y contrató conductores de camiones y coches para enseñarles a manejar un arma tan potente como peligrosa. Si el piloto del tanque que aplastó a Gerda era soviético o de Cuenca o si era la primera o la décima vez que lo conducía no es algo que aparezca ni en las crónicas de aquel día ni en los estudios biográficos que se han hecho sobre Gerda Taro. Tampoco importa. Si te juegas la vida en una guerra puedes morir. Y Gerda murió en una carretera. Entonces nació el mito.

Lo tenía todo: valentía, ideales y juventud. Y fotos, sobre todo, muchas fotos para fijar esa imagen mítica. Se las hicieron sus compañeros de fatigas: André Friedman, para el que crearon juntos el pseudónimo de Robert Capa, y David “Chim” Seymour.

Señoras del XIX en la guerra

Renèe Lafont. Imagen: Le Monde Ilustrè

Gerda no llegó a cumplir los 26 años. Apenas faltaba una semana para ello cuando murió, pero desde entonces no es extraño asociar la imagen de los jóvenes al reporterismo de guerra y, sin embargo, muchas otras antes y en el mismo tiempo que Gerda ejercieron el oficio doblándole la edad, siendo señoras. Pertenecían a otro tiempo en el que la imagen no importaba tanto como las palabras y no representaban el papel de flapper tan bien como las modernas del XX.

Eran #señorasdelXIX. Pasaban de los 40 Carmen de Burgos “Colombine” cuando cubrió la Guerra del Rif y Sofía Casanova cuando escribía sus crónicas desde el frente en la Gran Guerra. 58 años tenía Renée Lafont cuando fue capturada en septiembre 1936 en Córdoba y fusilada por los fascistas.

Carmen de Burgos “Colombine”. Imagen: Wikipedia

Las crónicas de los conflictos que cubrieron no tenían la espectacularidad de las imágenes de Gerda, ni corrieron por delante de soldados y milicianos desobedeciendo órdenes de los mandos como hacía la alemana. Sus relatos no buscaban el instante para impresionar a la audiencia, tampoco la revolución de las armas, al menos en el caso de las españolas. A diferencia de Gerda, Colombine y Casanova militaron en el pacifismo y renegaron de las guerras. Gerda las creía necesarias para crear el nuevo mundo.

Contaron la guerra desde otra mirada, la de la serenidad que dan la madurez y los años. El complemento perfecto a la imprudente e idealista manera de hacer las cosas de las Gerdas que estarían por llegar.

Sofía Casanova

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