Maruja ante las espigas

Maruja Mallo y Patricia Morey posan ante la obra Canto a las espigas
Maruja y Trish ante ‘Canto a las espigas’ en la Galería Carroll Carstairs. Fuente: Galería Guillermo de Osma.

El día que Patricia posó con Ana para la posteridad ni una ni otra respondían a esos nombres. Patricia era Trish y Ana, Maruja.

Patricia, Trish, Morey, la directora de Relaciones Institucionales de la cadena Hilton Hotels, posó para la prensa con Maruja Mallo (el nombre por el que Ana María Gómez González fue conocida durante toda su vida artística) el 11 de octubre de 1948 en la Galería Carroll Carstairs de Nueva York. Lo hicieron frente al cuadro Canto a las espigas, una alegoría sobre el esfuerzo de las trabajadoras españolas, pintada por Mallo cuando Maruja y sus amistades aún creían que España podría ser moderna y justa.

Allí estaban ellas, dos flappers ante los flashes para demostrar al mundo que la nueva mujer había llegado para quedarse, aunque aquello supusiera sucumbir a los encantos del capitalismo. Trish ya había renunciado a su sueño de ser piloto, aunque su fichaje por la cadena Hilton alivió el disgusto de la veinteañera brindándole una vida de glamour y de independencia que la llevaría décadas después a ser la primera mujer vicepresidenta de la corporación Hilton. Maruja, a punto de cumplir los 50, con una guerra y una década de exilio a las espaldas, estaba de vuelta de los idealismos y plenamente consolidada como artista plástica internacional. Nadie posa para el New York Times sin un buen currículo que enseñar.

La exposición se inauguró por todo lo alto a pesar del luto por la muerte de su fundador, el marchante Carroll Carstairs apenas una semana antes. En 20 días, Maruja vendió 13 de las 24 obras expuestas y regresó a Buenos Aires con el aplauso de la crítica neoyorquina y una lista bien larga de contactos entre sus notas. No es que la autoestima de Maruja necesitara las elogiosas críticas del Herald Tribune o la Revista Arts, pero triunfar en la Gran Manzana a mitad del siglo XX era la mejor manera de asegurarse un lugar en la Historia del Arte Contemporáneo. Antes, eso sí, hacía falta haber cortado orejas y rabo en la capital del arte: París. Y Maruja lo había hecho casi veinte años antes como estudiante de la Junta de Ampliación de Estudios, cuando fue becada para ampliar su formación tras su paso por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Ante las cámaras, Trish y Maruja sonríen comentando algo entre ellas. Trish hablaba un perfecto castellano y eso la convirtió en la relaciones públicas de los Hilton para el mercado hispanoamericano. ¿Una española exiliada en Argentina es la estrella de la noche? Trish, tienes dos minutos para calzarte el tacón y acompañarla a la premier. La señora Mallo se aloja en el Plaza, déjate ver bien con ella. Y sonríe, sobre todo, sonríe.

La escena chirría si se escarba en la historia del lienzo. Canto a las espigas forma parte de la serie Religión del trabajo, compuesta por siete lienzos dedicados a las trabajadoras del campo, dos, y del mar, cinco de ellos. Fueron pintados por Mallo en 1937 nada más instalarse en Buenos Aires a partir de los bocetos realizados en el caso de los marítimos en su Cuaderno de Bueu, unas anotaciones gráficas dibujadas durante su estancia en el pueblo pontevedrés en el verano del 36. Allí la sorprendió el golpe militar que acabaría con los sueños de igualdad y justicia social que inspiraron sus tertulias aquel mes de julio con su amigo Alberto Fernández Mezquita, miembro del POUM, el alcalde de Bueu, periodista y poeta Johan Carballeira, y todo un grupo de intelectuales y artistas en un verano irrepetible.

Pero nadie puede ponerse solemne en una noche de gala neoyorquina; lo único que se puede hacer es ponerse de perfil y disfrutar del aplauso. No escapa una del fascismo para fracasar. No se quita una el sombrero en mitad de la Puerta del Sol en los años 20 para cubrirse de luto en la capital de la modernidad. No.

Una flapper luce irreverente, independiente y fresca toda su vida. Y eso es lo que hizo Maruja Mallo: vivir como le dio la real gana gracias a la única santísima trinidad en la que creyó: el trabajo, el arte basado en la perfección matemática y la certeza de que ser mujer no puede ser un obstáculo o una excusa para no ambicionar el éxito. Maruja Mallo no fue modesta ni recatada; ni esposa de, ni madre de, ni siquiera hija de. Maruja Mallo fue libre.

Fuente: Museo Frida Kahlo

Diez años antes de que Trish y Maruja sonrieran ante el trigal, otra pintora había tenido su noche de éxito en Nueva York. Fue en otra galería, la de otro marchante, Julien Levy. Aquella pintora también había sido tocada por la reverenda y surrealista bendición de André Bretón. Y la prensa neoyorquina también la recibió con expectación, aunque, a diferencia de Mallo, la exposición de aquella artista fue presentada por publicaciones como Time como “the first exhibition of paintings by famed muralist Diego Rivera’s wife”.
Era Frida Kahlo, para la crítica neoyoquina, la mujer de; para la iconografía feminista del siglo XXI, el ejemplo de una mujer libre.

¿En qué momento de estos setenta años intercambiarían los papeles Frida y Maruja?

En las crónicas de los años 30 y 40, en Europa y en América, Maruja es exhibida como una artista de éxito, como una “galáctica” de la vanguardia. Sin embargo, a partir de la recuperación de su figura en la Transición, Maruja empieza a ser presentada aludiendo siempre a sus amantes más conocidos de la vanguardia artística. Raro es el texto que no menciona a los hombres que como amigos, colegas o pareja la acompañaron en algún momento de su vida e incluso de su muerte (últimamente todas sus referencias conducen a Pedro Almodóvar). Pero la gallega más irreverente del surrealismo patrio vivió de su trabajo y de su extraordinaria capacidad creativa; no de los hombres.

Nadie vende 13 cuadros en 10 días en Nueva York ni expone en París ni sorprende a los popes del arte siendo un fraude. Frida Kahlo tampoco lo fue, pero, a diferencia de Mallo, la mexicana se ahogó en una relación tormentosa, nunca ambicionó el éxito en los términos individualistas que lo hizo la española y, aunque militó abiertamente en el comunismo, ha terminado convertida en un icono pop y su imagen genera ingresos millonarios a la industria textil.

Por eso y porque las comparaciones, aunque odiosas, a veces resultan obligadas me pregunto si no convendría revisar el merchandising violeta. O no.

 

*De Maruja existen mil y una historias en la red, aquí algunas referencias más:

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