8 de marzo o el día que Pardo Bazán nos mandó a hacer pisto

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Si Emilia Pardo Bazán viviera en 2017 sería una mezcla de Maruja Torres, Elvira Lindo y Rosa Montero. Miraría la actualidad sin los aspavientos de Ana Pastor, manejaría las redes como la Montero, tendría la ironía de Lindo y el descaro de la Torres y renegaría de la ñoñería de Ana Rosa Quintana.

Si a la condesa le hubiese tocado vivir entre los siglos XX y XXI andaría estos días afilando la pluma para darles un zasca a quienes creen que el 8 de marzo es un día de fiesta y, al mismo tiempo, a quienes se erigen en guardianas de las esencias del feminismo. La Pardo tenía pocos reparos a la hora de repartir a un lado y a otro. Lo dicen quienes la han estudiado, pero, sobre todo, lo revelan sus artículos periodísticos y sus cartas.
Emilia Pardo Bazán fue feminista de una forma menos teórica que algunas de sus coetáneas europeas y americanas, pero igualmente revolucionaria; de una manera menos radical que las anarquistas españolas, pero igualmente transgresora. Quiso educar a la mujer y vivir una vida independiente como literata y periodista, pero huyó del drama o el victimismo. Por traerla a este tiempo, la Pardo sería una de las frescas de las que habla la profesora Anna Feixas. Nunca renunció al sentido del humor ni siquiera cuando fracasó en alguna de sus cruzadas.

Hurgando entre las cartas que conserva el Archivo de la Real Academia Gallega encontré una misiva de la condesa al director de La Voz de Galicia escrita el 6 de julio de 1913 desde las Torres de Meirás, en la que dice la coruñesa:

Cuando yo fundé la Biblioteca de la Mujer, era mi objeto difundir en España las obras del alto feminismo extranjero y por eso di cabida en ella a La Esclavitud Femenina, de Stuart Mill, y a La mujer ante el socialismo, de Augusto Bebel. Eran aquellos los tiempos apostólicos de mi interés por la causa de la mujer. He visto, sin género de duda, que aquí a nadie le preocupan gran cosa tales cuestiones, y a la mujer, aún menos. Cuando la mujer española se mezcla en política, pide varias cosas, pero ninguna que directamente la interese y convenga. Aquí no hay sufragistas, ni mansas ni bravas.
En vista de lo cual, he resuelto prestar gran amplitud a la sección de Economía Doméstica de dicha biblioteca, y ya que no sirve de gran cosa hablar de derechos y adelantos femeninos, tratar gratamente de cómo se hace el pisto con tomate y la bizcochada de almendra.
Y gracias a que no soy muy propagandista, el desencanto ha sido menos. En Europa avanza lo que aquí ni da señales de vida. Váyase lo uno por lo otro.

No soy la primera que lee esa carta ni probablemente la única que no ha podido contener la carcajada al ver la forma tan elegante de la Pardo Bazán de mandarnos a todas a freír espárragos, en este caso, a hacer pisto.

Pardo Bazán creó la colección ‘Biblioteca de la Mujer’ en 1892, después del Congreso Pedagógico organizado por la Institución Libre de Enseñanza donde se había debatido ampliamente sobre la necesidad de educar a la mujer española para conseguir su emancipación. La condesa solía ilusionarse con sus nuevos proyectos y entre 1892 y 1893 publicó los 10 primeros títulos de la serie. Eran obras históricas, de filosofía y de crítica literaria en las que la mujer, empezando por la Virgen María y acabando por las socialistas, se revelaba como protagonista y dueña de su propio relato. Los libros se vendían a 3 pesetas y se publicitaban en la prensa de la época, que aplaudía la iniciativa de la condesa incluso siendo las cabeceras más tradicionales.

A la colección de la Pardo le salieron otras imitadoras en los años sucesivos y así aparecieron ‘La biblioteca de la mujer cristiana’ y ‘La biblioteca de la mujer piadosa’ entre 1896 y 1898, mientras la condesa abandonaba la suya. Veinte años tardó en volver a publicar dentro de esta serie y lo hizo para hablar de cocina. Si realmente lo hizo harta de luchar contra molinos de viento –a la condesa le encantaba citar El Quijote y seguro que nos permitiría la licencia- o por un interés real por los fogones es algo que no sabremos. Probablemente habría una pizca de cada una de esas razones, sazonadas con algo de interés empresarial.

El caso es que a doña Emilia le debía tocar los faldones el desinterés de la mayoría de las mujeres por salir de su servidumbre. Y sólo un mes después abroncaba a sus contemporáneas desde las páginas de La Ilustración Artística

Al fundar la Biblioteca de la Mujer, confieso que no me preocupó la sección de Economía doméstica. Mi deseo era familiarizar a las lectoras españolas con las cuestiones, para la mujer tan importantes, del alto feminismo, con los libros de Stuart Mill, Augusto Bebel y Novicof. Y en efecto, di cabida a La Esclavitud Femenina y a La Mujer ante el Socialismo. No sé si algún efecto producirían las traducciones españolas de estos libros, tan célebres en Europa; sé que aquí la cuestión feminista no ha empezado ni a delinearse. Aquí no hay una sufragista, no diré de acción, como las tremendas de Inglaterra, pero ni teórica ni platónica. La opinión, pues, hasta nueva orden, ha decidido que la mujer no salga de sus faenas caseras: Kinder, Kuche, Kitchen…

Lo que diría Emilia Pardo Bazán ante la convocatoria mundial de #NosotrasParamos el 8 de marzo de 2017 es un misterio, aunque quizás mandara a alguna a mojar la bizcochada de almendras en el café de su desidia.

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