La (no) diputada Aleixandre

La misma Navidad que la Alianza Internacional para el sufragio femenino organizó en Madrid un comité nacional para celebrar su encuentro anual, el periódico El Fígaro decidió celebrar el día de Reyes con una curiosa encuesta. Preguntó a sus lectores quiénes deberían ser a su juicio las diez primeras mujeres en ocupar un escaño en el Congreso de los Diputados, llegase cuando llegase el momento. Faltaban 11 años para que las mujeres pudieran ser elegidas y 13 para que pudieran votar.

Aquella lista de “diputadas ideales” estuvo encabezada por Emilia Pardo Bazán, a la que acompañaron periodistas, escritoras, pedagogas y abogadas como Carmen de Burgos, Sofía Casanova, Concha Espina, María Guerrero, María de Maeztu, la propia Margarita Neklen, una de las tres primeras diputadas españolas en 1931; y una obrera y feminista socialista: Virginia González. Cerró la nómina de improvisadas políticas una única mujer de ciencia: Concepción Aleixandre Ballester.

La doctora Aleixandre, doña Concha para sus pacientes, no era ni de lejos una revolucionaria, o sí. Para esta valenciana, la tercera española en licenciarse y ejercer la Medicina, el feminismo empezaba y terminaba en la educación de la mujer. Una educación que entendía en un sentido mucho más amplio que el meramente académico, del que ella fue bandera en el cambio de siglo. La mujer, en opinión de doña Concha, debía ser instruida en las normas básicas de higiene y salud. Una formación que repercutiría directamente en la mejora de la raza al favorecer el crecimiento de hijos sanos. La maternidad era el fin último de la mujer, a juicio de esta sufragista. Y es que la emancipación de la mujer para Aleixandre no pretendió nunca romper con el papel de la mujer como reproductora.

La revolución de Concepción Aleixandre fue la del higienismo, la de la salud pública, la de la erradicación de epidemias y la reducción de la mortalidad infantil. Desde que aprobara su examen de grado en 1889 en la Universidad de Valencia, doña Concha convirtió el ejercicio de la medicina en un verdadero apostolado. Se especializó en Ginecología y abrió consulta gratuita en el tercer piso del número 12 de la calle de Olózaga, tarea que continuó en Madrid tanto en su consulta privada como en el Hospital de la Princesa, donde trataba de convencer a sus pacientes de que aplicasen unas pautas profilácticas que les evitasen buena parte de sus males.

No se conformó la valenciana con convencer a quienes pasaran por su consulta y decidió usar cuanta tribuna se le pusiera por delante. Desde el púlpito de la Academia de Medicina o la Sociedad Española de Ginecología –ella fue la primera mujer en ingresar en una sociedad científica- hasta las revistas femeninas o las aulas de una escuela municipal. Todo servía si con eso lograba convencer a la población que se hacinaba en las ciudades o se abandonaba a una vida rural alejada de los últimos avances médicos. Su activismo la convirtió en una divulgadora elogiada por el rigor de su trabajo científico – presidió secciones en varios congresos médicos y publicó en las revistas del momento- y, sobre todo, por la sencillez del lenguaje que empleaba para difundir el higienismo. Doña Concha se hizo entender ante las obreras que pasaban por su consulta y ante las burguesas con las que compartía todo tipo de actos sociales. Lo mismo acudía a casa de una enferma con un tumor en la matriz que organizaba el concurso más snob del momento para elegir la mejor forma de envolver al recién nacido si con eso conseguía erradicar alguna de las falsas creencias que el saber popular había inoculado entre las madres. Manejó la prensa, buscó la complicidad de los redactores médicos e incluso mantuvo una sección propia en La Ilustración Española y Americana, que bajo el título “Un poquillo de higiene” trataba de desmontar mitos sobre madres e hijos. La doctora alcanzó tal popularidad que no parece extraño que los lectores de El Fígaro la eligiesen diputada.

Concepción Aleixandre, aquella defensora acérrima de la maternidad, permaneció soltera, según confesó en una entrevista, por no haber encontrado al hombre capaz de entender “una mujer inteligente no cansa ni agota”. Ella, tan burguesa y creyente, no le puso nombre y, sin embargo, su ideal de pareja se acercaba bastante al amor libre del que hablaban los anarquistas, aquel amor en el que no existieran “los hombres vulgares que no saben ser amos de los otros hombres, (…) y quieren mujeres idiotas para sentirse jefes”.

Doña Concha no llegó a sentarse en el Congreso. Ni siquiera lo intentó. Quizás si lo hubiera hecho, su memoria no se hubiera diluido en el nombre de alguna calle perdida y los honrosos intentos de recuperar su obra por parte del Instituto Médico Valenciano.

 

 

*Fuente: Todos los datos aportados en este post han sido extraídos a partir de un vaciado de información en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional Se han empleado 72 referencias de prensa especializada y generalista entre 1889 y 1928.

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